Sin móvil no hay paraíso

Viernes. 12:30 deslizo el pulgar, desbloqueo la pantalla y descubro que no hay ningún

aviso de entrada  ni notificación aparente de ninguna red social. ¡SIN SERVICIO DE RED! Perdición.

Cual marciano corro con mi instrumento auricular, elevado hasta el cielo, como si de rozar el cielo tratase mi hazaña. Un paisano, sombrero de paja y bastón en mano no se extraña de mi actitud.

Me cruzo con él. Le miro, me mira, nos miramos. “Ni lo intentes. Apaga, desconecta, piérdete, descúbrete, respira.”

Omití todo tipo de contestación. Pensé que aquél anciano desconocía lo que tenía yo entre manos.

Desorientado, tras veinte minutos de búsqueda incansable decidí abortar el plan y relegar la búsqueda unas horas más tarde. Sacaría la maleta del coche, me instalaría y luego ya retomaría.

sin cobertura

sin cobertura

Mientras abría la maleta no paraba de pensar en los infinitos mensajes que podrían haberme llegado. ¿Algún comentario importante? ¿Alguien buscándome para algún plan novedoso?…

Bajé las escaleras y entonces me sentí atrapado por el calor de la chimenea. Me incitaba, me llamaba. Un aroma a café recién hecho acompañaba el ambiente. Me acerqué a la mesa. Media taza, ardía. Sin pensarlo intercambié la cucharilla por el móvil. Dos cucharadas de azúcar.

La vista en el horizonte, más allá del ventanal. Y entonces caí cómodamente envuelto en el sofá.

Logré pensar.

Tres horas dedicadas a reflexionar.

Fue entonces cuando decidí apagar el móvil. Comenzaron mis tres días de desconexión.

Llegó el domingo. Descubrí que había conseguido apagar, descubrirme y respirar.

Ya en Madrid encendí el móvil. Ahora sí, tenía cobertura. Tan solo marcaba la hora.

 

 

 

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